Es la pregunta que más escucho apenas digo mi profesión. Y durante mucho tiempo la respondí con una sonrisa incómoda, sin saber bien cómo explicar que no, no trabajo con dificultades de aprendizaje en la infancia (aunque si lo hice en el pasado) — y que sin embargo, todo lo que hago tiene que ver, en el fondo, con la misma pregunta que se hace cualquier psicopedagoga: ¿cómo aprende un sistema nervioso?
La asociación no es casual. La psicopedagogía se instaló históricamente en el ámbito escolar, acompañando procesos de lectoescritura, atención y desarrollo infantil — un trabajo valioso y necesario, y probablemente el contexto donde la mayoría de nosotros escuchó el término por primera vez. Pero reducir la disciplina a ese único escenario es quedarse con una fracción muy pequeña de lo que realmente estudia: los procesos de aprendizaje y reaprendizaje de cualquier sistema nervioso, en cualquier etapa vital. La infancia es el terreno donde la disciplina se hizo visible por primera vez, no el límite de su objeto de estudio.
Un poco de historia, para entender el malentendido
Vale la pena detenerse un momento en por qué se instaló esta asociación tan fuerte entre psicopedagogía e infancia. La disciplina, tal como la conocemos, se desarrolló en gran parte en torno a los procesos de escolarización: cómo aprende un niño a leer, por qué algunos chicos tienen dificultades específicas, cómo intervenir tempranamente para que esas dificultades no se conviertan en obstáculos permanentes. Autores como Jerome Bruner, con su concepto de andamiaje — el soporte temporal que un adulto ofrece para que un chico logre algo que todavía no puede resolver solo —, se volvieron referencias centrales, y casi siempre se los cita en contextos educativos formales.
El problema no es que estos conceptos se hayan desarrollado ahí. El problema es que, con el tiempo, terminamos confundiendo el contexto donde una idea se hizo popular con el límite real de esa idea. El andamiaje no deja de ser válido cuando la persona cumple dieciocho años. Un adulto que está reaprendiendo a moverse después de una lesión, o que está aprendiendo a regular una respuesta emocional que lo desborda, también necesita andamiaje — un soporte temporal, ajustado, que eventualmente se retira para dar paso a la autonomía. La lógica es idéntica. Lo único que cambió es el escenario donde ese aprendizaje ocurre.
El aprendizaje no tiene fecha de vencimiento
Un adulto también aprende. Y sobre todo, reaprende — todo el tiempo. Cambia la forma en que sostiene su cuerpo frente al estrés, la manera en que responde ante un conflicto, el gesto que repite sin darse cuenta desde hace veinte años. Ninguno de esos procesos deja de ser aprendizaje solo porque quien lo protagoniza ya terminó la escuela primaria.
Lo que cambia con la edad no es la capacidad de aprender, sino el canal por el que ese aprendizaje se vuelve real y sostenible en el tiempo. Un chico aprende jugando, moviéndose, tanteando el mundo con el cuerpo antes de poder explicarlo con palabras — el movimiento antecede al lenguaje en el desarrollo, no al revés. Un adulto, en cambio, suele intentar aprender solo con la cabeza: leyendo, entendiendo, decidiendo. Y se frustra cuando el entendimiento no alcanza para que algo cambie de verdad, porque intenta resolver con un canal (el cognitivo) un proceso que necesita del otro (el corporal) para completarse.
El movimiento como canal de información
Ahí está, para mí, el corazón del asunto: a través del movimiento nos vamos conociendo y reconociendo durante toda la vida. Cuando nos movemos, el cuerpo le entrega a la mente información que ella sola no puede generar — a través de la propiocepción, de la interocepción, de todo lo que se siente antes de poder nombrarlo.
No es que la mente no sirva. Es que necesita ese insumo sensorial para trabajar con datos reales sobre nosotros mismos, no solo con ideas o supuestos. Una persona puede pasar años en terapia entendiendo perfectamente por qué reacciona de determinada manera ante el conflicto, y seguir reaccionando igual — porque el patrón no vive únicamente en el relato que se cuenta sobre sí misma, vive también en un cuerpo que aprendió, hace mucho tiempo, una forma específica de organizarse frente a la amenaza.
Un caso para pensar
Pensemos en alguien que llega a terapia por ansiedad generalizada. En las sesiones logra identificar con precisión el origen de su patrón: una infancia donde expresar necesidades generaba conflicto, así que aprendió a anticiparse, a controlar, a no confiar en que las cosas simplemente iban a estar bien. El insight es correcto. La narrativa cierra. Y sin embargo, en el cuerpo, esa persona sigue viviendo en un estado de alerta permanente — hombros elevados, respiración corta, mandíbula tensa — que ningún nivel de comprensión verbal logró modificar.
¿Por qué? Porque ese patrón de alerta no se aprendió con palabras, se aprendió con el cuerpo, en situaciones donde el cuerpo necesitó organizarse para sobrevivir emocionalmente. Y lo que se aprendió de esa manera, en gran medida, necesita reaprenderse de esa misma manera: a través de una experiencia corporal distinta, que le muestre al sistema nervioso — no que se lo explique, que se lo muestre — que hoy es posible otra respuesta.
Qué implica esto para quienes trabajan desde el movimiento
Cada clase, cada consigna, cada corrección ya está operando sobre un proceso de aprendizaje, lo sepan o no. La pregunta no es si están enseñando — siempre lo están haciendo — sino si están facilitando un reaprendizaje real o simplemente pidiendo una ejecución correcta. Una consigna del tipo "abrí el pecho" puede producir el gesto en el momento, y no dejar ningún aprendizaje real detrás.
Qué implica esto para quienes trabajan desde la salud mental
Si el cambio de un patrón depende de información que la mente sola no puede generar, el cuerpo deja de ser un tema aparte y se vuelve un colega necesario en cualquier proceso terapéutico serio — sin que eso implique que todo profesional deba convertirse en experto en movimiento.
De la teoría al enfoque
De ahí nace Move In Presence®: de cruzar lo que la psicopedagogía sabe sobre cómo aprendemos, con lo que el movimiento puede ofrecerle a ese proceso cuando se lo mira con rigor, no como accesorio sino como protagonista.
La próxima vez que alguien me pregunte si trabajo con chicos, creo que voy a responder distinto.
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