La información que el cuerpo entrega antes que la palabra
Varias veces tuve que decidir algo importante para mi trabajo, y antes de poder ponerlo en palabras, noté una sensación física muy concreta —algo parecido a un peso en el pecho— al acercarme a algunas de las opciones. También el cosquilleo o los nervios previos a un examen que siempre pasaron por mi cuerpo sintiéndome yo, aparentemente, tranquila. Me llevó un tiempo —y algunas sesiones de terapia— entender que esas sensaciones no eran solo nervios. Eran información. Y aprender a leerlas, en vez de ignorarlas, cambió bastante cómo tomo decisiones desde entonces.
Esos instantes contienen, en miniatura, algo que vale la pena desarrollar con calma: el cuerpo no es solamente el lugar donde ejecutamos lo que la mente decide. Es, además, una fuente de información constante, que muchas veces se adelanta —y por mucho— a cualquier procesamiento consciente. Sospecho que cualquiera reconoce estas escenas. Yo no solo lo vivo en carne propia, sino también lo veo todo el tiempo en los practicantes de mis clases.
Dos palabras técnicas, y por qué importan
Para hablar de esto con precisión, hacen falta dos términos que suelo usar en mi trabajo, y que conviene entender juntos.
La propiocepción es la capacidad del sistema nervioso de saber dónde está el cuerpo en el espacio, sin necesidad de mirarlo. Es la razón por la que podés tocarte la nariz con los ojos cerrados: hay un mapa interno, constantemente actualizado, que le informa al cerebro la posición de cada articulación, cada músculo, cada segmento corporal.
La interocepción, en cambio, es la percepción de lo que ocurre dentro del organismo: el ritmo cardíaco, la tensión visceral, la calidad de la respiración, esa sensación difusa de "algo anda bien" o "algo anda mal" que aparece mucho antes de poder nombrar qué es exactamente.
Ambos sistemas operan mayormente por debajo del umbral de la conciencia verbal. Están activos todo el tiempo, generando un flujo constante de información que el cerebro utiliza para tomar decisiones —posturales, emocionales, conductuales— muchas veces antes de que la mente consciente se entere de que hay una decisión en curso.
La aferencia: el cuerpo como emisor
Este flujo de información tiene un nombre en fisiología: aferencia. Y acá está el punto que más me interesa desarrollar, y que sostiene buena parte de cómo trabajo: la relación entre cuerpo y cerebro no es unidireccional, sino bidireccional. Existen modelos que estiman que el volumen de información aferente —la que va del cuerpo hacia el cerebro— es incluso mayor (hasta un 80%) que el de la información eferente, la que viaja en sentido contrario.
Si el cuerpo le está entregando información al cerebro todo el tiempo, entonces no es solamente el objeto sobre el que interviene un aprendizaje. Es, en sí mismo, una vía de aprendizaje. Un canal de entrada de información, tan legítimo como el lenguaje, y en muchos casos, más rápido.
Cuando la palabra llega tarde
En un desequilibrio físico, por ejemplo, el cuerpo ya reorganizó el peso, ya activó una cadena muscular compensatoria —todo antes de que la mente formule el pensamiento "me estoy por caer". Si le preguntáramos a esa persona inmediatamente después qué pasó, reconstruiría una narrativa coherente. Pero esa narrativa es posterior al evento, no simultánea.
Frente al estrés, el cuerpo suele reaccionar —tensando la mandíbula, elevando los hombros— bastante antes de que la mente lo identifique conscientemente. Frente a un vínculo inseguro, puede activar señales de alerta mucho antes de que exista un pensamiento articulado sobre por qué. En todos estos casos, la información ya estaba disponible. Solo que no llegó primero por la vía verbal.
Un caso que vengo viendo hace años
Esto se repite de forma casi idéntica en un momento puntual de mis clases: la apertura de pecho. Es una postura que genera una sensación de vulnerabilidad física real, y de las que más resistencia despierta en quien recién empieza. Los hombros se cierran, la respiración se acorta.
Durante bastante tiempo, mi instinto fue intervenir desde la palabra: "relajá los hombros", "abrí más el pecho". Y funcionaba, más o menos, por un rato —hasta que entendí que le estaba pidiendo al cuerpo que ejecutara una instrucción sin haberle dado ninguna información nueva o relevante.
Lo que cambió no fue dejar de dar referencias, sino cambiar qué función cumplían. Hoy le digo a esa persona hacia dónde dirigir la atención —"vamos a buscar una mayor extensión en esta zona"— pero no como una meta que hay que alcanzar sí o sí, sino como un punto de referencia: si no aparece esa sensación, es información para que ella misma evalúe, desde su propio registro, si la postura está acorde a sus posibilidades hoy. La autoridad sobre lo que está pasando sigue estando en lo que su cuerpo le informa a ella, no en lo que yo determino desde afuera mirándola.
Qué implica esto para cualquier proceso de aprendizaje
Si el cuerpo es un canal de información más veloz que el pensamiento consciente, se desprende una pregunta incómoda para cualquier metodología que dependa casi exclusivamente de la explicación verbal: ¿qué pasa con toda la información que un alumno ya tiene disponible en su cuerpo, pero que nadie le está ayudando a registrar?
Esto no significa abandonar la palabra. Significa que cumple mejor su función cuando se usa para orientar la atención hacia la información corporal, en vez de reemplazarla. No es lo mismo decir "así se hace esta postura" que ofrecer una referencia para que la persona evalúe con su propio registro si algo necesita ajustarse.
Un cambio de foco, no una técnica nueva
Este no es una técnica que se agrega a un repertorio existente. Es un cambio en dónde se pone la atención durante cualquier proceso de acompañamiento.
Este es, para mí, uno de los temas más esenciales del enfoque que vengo desarrollando semana a semana: entender que el cuerpo no es un ejecutor pasivo de instrucciones, sino un emisor activo de información, cambió radicalmente la forma en que acompaño cualquier proceso de cambio, propio y ajeno. No fue un detalle técnico menor. Fue, para mí, el punto de partida de todo lo demás.
Quienes trabajamos acompañando procesos de movimiento tenemos, en este sentido, un privilegio poco reconocido: estamos en contacto directo y constante con esa fuente de información aferente. La pregunta que me hago seguido es si estoy aprovechando ese privilegio, o si sigo operando, sin darme cuenta, como si la única vía de aprendizaje disponible fuera la explicación.
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