Nuevas publicaciones Sábado por medio Como parte de este crecimiento, quería contarles que Yogui Presence® evoluciona hacia un enfoque mucho más amplio y se transforma en MoveInPresence® . Siento que es el paso natural para honrar todo lo que venimos (y vengo) transitando. En el fondo, siempre supimos que no se trataba de la disciplina, sino del testimonio del cuerpo. El yoga ha sido uno de los tantos canales, un vehículo, pero nunca el fundamento último. Esta transición es un acto de coherencia para integrar mi mirada como psicopedagoga con el movimiento, permitiéndome facilitar el reaprendizaje de habitar nuestra propia morada: el cuerpo. Las publicaciones anteriores se quedan aquí, como memoria viva de este recorrido y un recordatorio del camino que hemos decidido recorrer juntos 💕
En el escenario actual de la práctica física, nos hemos acostumbrado a una coreografía de comandos. "Abrí el pecho", "bajá los hombros", "estirá la pierna". Estas frases, que se repiten de forma casi automática en los estudios y clases de todo el mundo, esconden una trampa silenciosa: están diseñadas para que la postura y el movimiento se vea bien desde afuera, pero a menudo anulan la posibilidad de que el alumno habite su cuerpo desde adentro.
Es importante aclarar que estas indicaciones no son necesariamente inválidas desde un punto de vista anatómico; de hecho, tienen un fundamento biomecánico real. El punto crítico no es la consigna en sí, sino el uso vacío y automático que hacemos de ella. Como profesionales de la salud y del movimiento, nuestra responsabilidad es cuestionar si nuestra instrucción es un puente hacia la autonomía o un obstáculo que refuerza la alienación. Cuando la prioridad es la forma final por sobre la experiencia del sujeto, la práctica deja de ser una herramienta de autoconocimiento para convertirse en una disciplina de encaje.
La tiranía del "cómo se ve"
El problema de la consigna puramente estética es que apela directamente a la mirada externa. Cuando le pedimos a un practicante que "abra el pecho" sin ofrecerle una referencia propioceptiva clara, lo estamos invitando a cumplir con una imagen mental. El alumno, en su afán por cumplir con la autoridad del docente, suele forzar estructuras, compensar con otras zonas del cuerpo y, lo más grave, desconectarse de su sensación real.
Desde la Psicopedagogía, entendemos que el aprendizaje real solo ocurre cuando el sujeto es protagonista de su proceso. La consigna estética es, en esencia, un síntoma de una tradición que —a veces sin quererlo— ve al cuerpo como un objeto a ser moldeado y no como un proceso vivo. Para un sujeto que convive con la fatiga atencional o la ansiedad, recibir órdenes sobre "cómo debe verse" solo aumenta el ruido mental y la sensación de insuficiencia.
El lenguaje como andamiaje técnico
Aquí es donde el enfoque Move In Presence® (MIP®) propone un cambio de paradigma. Tomamos el concepto de andamiaje (propuesto originalmente por Bruner y basado en las ideas de Vigotsky) para repensar el rol del instructor. El andamiaje es el soporte temporal que el docente ofrece para que el aprendiz pueda realizar una tarea que aún no domina por sí solo.
Nuestro lenguaje (verbal, no verbal, palabra, silencio) es nuestro principal recurso de andamiaje. Una consigna no debe ser un mandato imperativo, sino una invitación a la exploración sensorial. Si en lugar de decir "estirá los brazos", proponemos "proyectar las yemas de los dedos hacia las paredes laterales para percibir el espacio que se crea entre los omóplatos", estamos ofreciendo una tarea atencional. Estamos dándole al cerebro un dato técnico para procesar, no una imagen estética que imitar. La validez de la instrucción ya no reside en la corrección de la forma, sino en la calidad de la atención que despierta.
El riesgo de anular la soberanía
Cuando profesionalizamos la instrucción, entendemos que el sistema nervioso no responde bien a la presión de la "forma perfecta". El cerebro aprende a través de la diferencia y la exploración. Al refinar la alineación desde un lugar técnico y biomecánico —viendo la técnica como un refugio sensorial—, permitimos que el practicante recupere su soberanía.
Pasar de la consigna estética a la consigna de presencia implica entender que el profesional no es quien simplemente "muestra la postura", sino quien diseña el escenario para que el aprendizaje emerja. Si nuestra instrucción anula la escucha interna del alumno, no estamos enseñando para un aprendizaje significativo; estamos entrenando la obediencia. Cuestionar estas fórmulas no significa descartar la técnica, sino elevarla: pasar de la instrucción mecánica a la intervención clínica.
Hacia una clínica de la instrucción
Profesionalizar nuestra mirada exige una "clínica de la palabra". Cada ajuste que damos debe ser pasado por el filtro de la intención: ¿estoy pidiendo esto para que la foto quede bien o para que mi alumno encuentre un punto de anclaje mental en su propia biología?
El lenguaje del docente tiene el poder de silenciar el ruido mental o de potenciarlo. Cuando cambiamos el "hacé esto" por el "¿qué información te devuelve este ajuste?", la práctica se transforma en un laboratorio de conducta. La precisión técnica deja de ser una carga y se convierte en el lenguaje que usamos para comunicarnos con un sistema nervioso que necesita volver a habitar el presente.
En última instancia, el objetivo de MIP® es que la técnica sea el soporte para que el sujeto pueda, finalmente, permitirse descansar en su propia estructura. El verdadero aprendizaje no es llegar a una postura, es descubrir quiénes somos mientras intentamos construirla.
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